2/5/2013

El árbol rojo

El árbol rojo
Shaun Tan
Barbara Fiore Editora
Primera edición: 2005

Los álbumes de Shaun Tan, aunque de composiciones y formatos muy diferentes, son fácilmente reconocibles. Puede que debido a sus portadas, cargadas de interrogantes y pequeños detalles anticipadores que impelen al lector a adentrarse en sus páginas, puede que por su tendencia a los tonos ocres y un tanto apagados o a sus títulos evocadores, que no cuentan, sino que tan sólo sugieren, o puede que debido a una mezcla de estos y otros elementos que utiliza de forma reiterada y que dotan de una especie de imaginario común a todos sus álbumes; un mundo entre lo familiar y lo maravilloso por el que transcurren las historias banales de sus relatos. Hoy me gustaría hablaros de su segundo álbum escrito en solitario: El árbol rojo.

A través de un texto breve y de unas ilustraciones muy intensas, el álbum narra con mucha sencillez la angustia de sentirse sólo, de ver que todo va mal, de notar que todo puede ser peor, de tener la sensación de no entender el mundo… hasta que algo inaudito te ayuda a ver las cosas de otro modo. Podríamos decir que El árbol rojo es su trabajo más conceptual y onírico. Como él mismo escribe en su página web: “desafiando nuevamente las convenciones habituales de los álbumes ilustrados, no tiene historia, casi no tiene texto, su contenido es sombrío y no tiene verdaderos personajes ni una continuidad inmediatamente clara. Sólo hay una chica infeliz sin nombre, que vaga por una serie de paisajes inconexos”. El álbum quiere transmitir, sobre todo, estados de ánimo y de ahí la importancia de lo onírico y del expresionismo en sus imágenes. 

Ilustración interior de El árbol rojo

El autor-ilustrador australiano ha señalado en varias ocasiones su admiración por Chris Van Allsburg y por su extraño álbum Los misterios del señor Burdick, publicado en el 1984. El álbum que presentamos hoy puede verse como una especie de homenaje al que es uno de los libros que más le han marcado. Como escribía Newmeyer “Los misterios del señor Burdick es más un rompe-cabezas que un libro estructurado narrativamente (…) su objetivo es la celebración de la imaginación”. Catorce imágenes acompañadas de una pequeña frase proponen catorce posibles historias al lector y lo abandonan, para que él mismo construya los significados, a través de la lectura de unas potentes ilustraciones que nada tienen que ver entre sí. La secuenciación ha desparecido para dejar paso a una serie de instantes autónomos que plantean el álbum como un verdadero juego de experimentación al más puro estilo de Calvino

Cubierta de Los misterios del señor Burdick, publicado por FCE

Tan toma prestada la idea pero se plantea expresar una serie de sentimientos, que acaban siendo tramados en una corta historia de desconsuelo, indecisión, miedo, incomprensión y esperanza. Para tratar de expresarlos, plantea una composición de la doble página variada, en que las ilustraciones pasan de ocupar una página a expandirse por la doble página en un movimiento que va in crescendo hasta el punto álgido del desasosiego y vuelven a quedar centradas en una página en las dos últimas ilustraciones, con la aparición del árbol rojo.

Al abrir el álbum, lo primero que encontramos es una especie de prólogo (como en todos los álbumes del australiano) configurado a través de tres ilustraciones, parte de las cuales se cuelan hasta la página de créditos y que hace que empecemos leyendo el libro a través de las imágenes. En ellas, decenas de letras no consiguen construir ninguna palabra con significado. Salidas de una ilustración en la que parece que una niña intente hablar sin conseguir comunicarse, van esparciéndose por la parte inferior de las páginas dando más fuerza al sentimiento de sinsentido que quiere expresar el álbum. Esta preeminencia de la imagen se mantiene en todo el álbum, en el que las ilustraciones guían la lectura e impelen al lector a pasearse por unas páginas llenas de pequeños mensajes, donde el tiempo ha quedado relegado y entre paréntesis. 

Ilustración interior de El árbol de la vida

En este sentido, es importante fijarse en las tipografías, sus tamaños y la forma de insertarlas en las páginas. Inspirada en la familia de las Courier (para dar un tono metálico y mecánico al mensaje), la tipografía va cambiando de tamaño según las necesidades de cada momento. Medio borrosa y en un tono grisáceo, todo en ella quiere connotar las sensaciones de desesperanza de las que las palabras mismas están hablando. Las letras se agrandan o se oscurecen en relación a la enormidad o la profundidad de la pena.

Al contrario que en la portada y para acentuar una aproximación tentativa y parcial del mundo, las ilustraciones del interior del álbum aparecen enmarcadas en marcos de trazos finos e irregulares, que se configuran como verdaderas ventanas al interior de nuestra silenciosa protagonista. Altamente simbólicas y con un marcado estilo expresionista, los instantes elegidos para representar las sensaciones se presentan a través de imágenes intrigantes, en las que la protagonista parece misteriosamente fijada. Dicho estatismo se ve acrecentado por esos marcos, que como asegura Teresa Colomer “ayudan a contar la historia tratándolos como ventanas, porta-retratos o cuadros que fijan la imagen (…) las imágenes resultan más estáticas, piden ser contempladas con cierta distancia”. De hecho, los marcos establecen aquí los límites entre el mundo interior de la protagonista y el mundo del lector, alejándolos lo suficiente, a través de la estrategia de convertir al segundo en mero espectador, que observa desde el fuera de campo que los marcos establecen. Una estrategia que ayuda a atenuar los sentimientos de tristeza que emanan de las imágenes.

Describir al detalle cada una de las ilustraciones del álbum nos llevaría muchas páginas. De hecho, los referentes son múltiples y se entremezclan en unas pinturas en que el expresionismo crudo de Munch se conjuga con el surrealismo más onírico de Dalí y lo absurdo del collage dadá. Relojes de todo tipo, calaveras, serpientes, hojas caídas, libros, dados y máscaras, entre otros objetos, aparecen como elementos reiterativos a lo largo del álbum y evocan las pinturas barrocas, abigarradas, excesivas, con fuertes contrastes de luz y sombra y llenas de esos símbolos que hablan del ineludible paso del tiempo.

Ilustración interior de El árbol de la vida

En El árbol rojo, como en La cosa Perdida o en Emigrantes el sentimiento de incomprensión y de extrañamiento que sienten sus personajes se acrecienta, o directamente se construye, a través de las ilustraciones de espacios abigarrados de objetos y máquinas y de perspectivas que empequeñecen a sus personajes, introduciéndolos en un mundo demasiado enrevesado como para comprenderlo. En El árbol rojo esta incomprensión del mundo se transforma en angustia. El australiano explica en su página web que le gusta crear atmósferas sombrías, que produzcan desasosiego. En este sentido, la mezcla de diferentes tonalidades de ocres, con los rojos poco saturados o los negros, puede resultar perturbador e incluso inquietante. Junto con el negro y esos rojos, en El árbol de la vida las diferentes tonalidades de ocres vuelven a tomar fuerza en las ilustraciones más descorazonadoras o que expresan un sin sentido. Pero dentro de este mundo un tanto oscuro, se cuelan una serie de ilustraciones de colores suaves, mucho más nítidos e iluminados. Es el caso de la última ilustración, en el que la niña encuentra el árbol rojo en medio de su habitación. A través de una iluminación direccional, Tan ilumina el acontecimiento que cambia la realidad por un instante, creando fuertes contrastes de luz y sombra y que producen en el lector un sentimiento de júbilo y de esperanza. 

Ilustración interior de El árbol de la vida

El autor plantea en todos sus álbumes situaciones aparentemente desoladoras, en las que, sin embargo, siempre hay alguien dispuesto a buscar el sitio de una cosa perdida o a ayudar a un transeúnte desorientado en una ciudad desconocida. Esa desolación y la ambigüedad que se desprende de sus relatos, unida siempre a un sentimiento de esperanza, es uno de los aspectos que más me atraen de sus álbumes. Aunque puede parecer un tanto sombrío, yo lo colocaría como uno de los títulos imprescindibles para una educación sentimental de los pequeños (a partir de los 7 años). Aun sin los referentes, los niños se adentran en las potentes ilustraciones del libro y comprenden que esos sentimientos de pérdida de rumbo y de incomprensión son más habituales de lo que creían y de que es posible que en el momento menos esperado, aparezca un árbol rojo que ilumine nuestros pensamientos y nos ayude a ver las cosas de otro modo.  

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